sábado, 4 de julio de 2009

Rory Stewart y la "irresistible ilusión" de Afganistán

Estados Unidos está liderando estos días la primera gran ofensiva en Afganistán desde que el presidente Obama asumió en enero la presidencia. Más de cuatro mil marines estadounidenses, seiscientos soldados afganos y ochocientos británicos han sido movilizados en una operación de enormes dimensiones lanzada con el objetivo de expulsar a los talibán de la provincia meridional de Helmand.

Precisamente esta semana, la imprescindible London Review of Books (para el firmante de estas líneas, la mejor revista del mundo junto a New Left Review) publica un magistral y muy oportuno artículo sobre el papel de la ocupación extranjera en Afganistán que es de lectura obligatoria, y seguirá siendolo durante muchos años, para comprender qué estamos haciendo allí y qué no.


"The Irresistible Illusion" es uno de los textos más lúcidos que he tenido ocasión de leer sobre Afganistán y contiene una crítica demoledora del proyecto de construcción estatal emprendido por las potencias occidentales, un proyecto condenado al fracaso y de legitimidad más que dudosa que se basa en presuposiciones erróneas, un lenguaje opaco que no sirve para desvelar la realidad sino para interpretarla a la medida de un discurso y unas necesidades políticas occidentales que poco tienen que ver con la realidad afgana sobre el terreno y una profunda ignorancia no sólo de la cultura y la sociedad afgana y pakistaní sino de la historia de las potencias imperiales en la región cuyas consecuencias son catastróficas.

El autor del artículo, Rory Stewart (Hong Kong, 1973), es todo un personaje: hijo del cónsul general británico en Hanoi durante la guerra de Vietnam, estudió en Eton y se licenció en filosofía y política por la Universidad de Oxford (durante sus estudios universitarios fue el tutor estival de los príncipes Guillermo y Harry). Tras un período de servicio en el ejército británico, entró a fromar parte del cuerpo diplómatico en 1997. Entre los años 2001 y 2002 hizo un viaje a pie y completamente solo desde Turquía hasta Bangladesh, durante aquel viaje atravesó Afganistán en pleno invierno y con la guerra recién empezada, una experiencia que narraría en su primer libro, The Places in Between. En los años 2003 y 2004 estuvo en Iraq, donde ocupó el cargo de vicegobernador de la Autoridad Provisional de la Coalición en la provincia Iraquí de Amara y después el de asesor especial en Dhi Qar. Después viviría en Kabul, dónde dirigiría la fundación Turquoise Mountain, dedicada a la restauración del patrimonio artístico y cultural de la capital afgana. En la actualidad, es profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard.

Así pues, nos encontramos ante una artículo escrito por un hombre del mismo sistema al que critica con tanta fuerza, no por un activista de lo que tantos han dado en llamar la "izquierda radical", lo que no hace sino reforzar todavía más sus argumentos. En realidad, Stewart no arremete tanto contra la invasión en sí como contra la estrategia y la doctrina en que se apoya, pero es posible que ésta sea la mayor crítica hecha por un miembro de la élite política británica a una invasión que siempre se ha considerado mayoritariamente la "buena guerra" frente a la de Iraq, lo que resulta muy sintomático y pone de relieve la creciente dificultad que entraña justificar una ocupación que dura ya casi ocho años y ha llevado pocos, muy pocos, beneficios al pueblo afgano, pero sí mucho sufrimiento.

He aquí un par de fragmentos del artículo:
Even if – as seems most unlikely – the Taliban were to take the capital, it is not clear how much of a threat this would pose to US or European national security. Would they repeat their error of providing a safe haven to al-Qaida? And how safe would this safe haven be? They could give al-Qaida land for a camp but how would they defend it against predators or US special forces? And does al-Qaida still require large terrorist training camps to organise attacks? Could they not plan in Hamburg and train at flight schools in Florida; or meet in Bradford and build morale on an adventure training course in Wales?

Furthermore, there are no self-evident connections between the key objectives of counter-terrorism, development, democracy/ state-building and counter-insurgency. Counter-insurgency is neither a necessary nor a sufficient condition for state-building. You could create a stable legitimate state without winning a counter-insurgency campaign (India, which is far more stable and legitimate than Afghanistan, is still fighting several long counter-insurgency campaigns from Assam to Kashmir). You could win a counter-insurgency campaign without creating a stable state (if such a state also required the rule of law and a legitimate domestic economy). Nor is there any necessary connection between state-formation and terrorism. Our confusions are well illustrated by the debates about whether Iraq was a rogue state harbouring terrorists (as Bush claimed) or an authoritarian state which excluded terrorists (as was in fact the case).

[...]

The new UK strategy for Afghanistan is described as

International . . . regional . . . joint civilian-military . . . co-ordinated . . . long-term . . . focused on developing capacity . . . an approach that combines respect for sovereignty and local values with respect for international standards of democracy, legitimate and accountable government, and human rights; a hard-headed approach: setting clear and realistic objectives with clear metrics of success.

This is not a plan: it is a description of what we have not got. Our approach is short-term; it has struggled to develop Afghan capacity, resolve regional issues or overcome civilian-military divisions; it has struggled to respect Afghan sovereignty or local values; it has failed to implement international standards of democracy, government and human rights; and it has failed to set clear and realistic objectives with clear metrics of success. Why do we believe that describing what we do not have should constitute a plan on how to get it? (Similarly, we do not notice the tautology in claiming to ‘overcome corruption through transparent, predictable and accountable financial processes’.)

In part, it is because the language is comfortingly opaque. We can expose Rawlinson’s blunt calculus of national interest by questioning the costs, the potential gains or the likelihood of success. But a bewildering range of different logical connections and identities can be concealed in a specialised language derived from development theory and overlaid with management consultancy. What is concealed is our underlying assumption that when we want to make other societies resemble our (often fantastical) ideas of our own society, we can. The language of modern policy does not help us to declare the limits to our power and capacity; to concede that we can do less than we pretend or that our enemies can do less than we pretend; to confess how little we know about a country like Afghanistan or how little we can predict about its future; or to acknowledge that we might be unwelcome or that our presence might be perceived as illegitimate or that it might make things worse.