martes, 18 de marzo de 2008

Iraq, cinco años después de la invasión

El 20 de marzo se cumple el quinto aniversario de la invasión estadounidense de Iraq y cada día parece más lejano el fin de la guerra que George W. Bush dio por terminada el 1 de mayo de 2003 en la cubierta de un portaaviones anclado frente a la costa californiana. Pero si algo han demostrado los miembros de la Administración Bush durante estos años es que son hombres de fe: el vicepresidente Dick Cheney declaró ayer, durante una visita sorpresa a Bagdad, que los esfuerzos de Estados Unidos para instaurar la democracia y estabilizar Iraq han sido un éxito y que los cambios en el panorama político y de seguridad son extraordinarios.


El mismo día que Cheney viajaba a Bagdad, una explosión mataba a más de cincuenta personas en el centro de la ciudad chií de Kerbala. Según algunos agentes de la policía iraquí y el ejército norteamericano fue un atentado suicida llevado a cabo por una mujer que hizo explotar una bomba adosada a su cuerpo; pero horas después el jefe de la policía local contradijo esa versión al afirmar que se trataba de una bomba escondida en el área y que había sido fabricada en la propia ciudad de Kerbala.

GEORGE W. BUSH DA LA MISIÓN POR CUMPLIDA EL 1 DE MAYO DE 2003.


Tanto las mentiras del Gobierno estadounidense (y alguno de sus fieles seguidores) como la violencia se han convertido en hechos casi cotidianos que apenas son ya noticia en una guerra en la que nadie sabe con seguridad cuantas personas han muerto; según Iraq Body Count, la cifra es de algo menos de noventa mil víctimas mortales civiles desde el inicio de la guerra hasta ahora, la Organización Mundial de la Salud estima que 151.000 perdieron la vida entre marzo de 2003 y junio de 2006. Evidentemente, no hay nada que justifique el triunfalismo expresado por Cheney, tal y como pone de manifiesto un informe publicado ayer por Amnistía Internacional (Carnage and Despair: Iraq Five Years On, véase en .pdf) en el que afirma que “pese a la numerosísima presencia de fuerzas de seguridad estadounidenses e iraquíes, Iraq es uno de los países más peligrosos del mundo,” en él “la violencia se ha intensificado y se ha vuelto más sectaria” desde principios de 2006.


El Gobierno estadounidense basa su optimismo en un relativo descenso de la violencia tras el incremento de tropas iniciado en enero del año pasado y el cambio de estrategia bajo el mando del general David H. Petraeus, quien, en su comparecencia ante el Senado y el Congreso del pasado mes de septiembre con el embajador en Iraq Ryan Crocker, afirmó que la violencia sectaria y el número de muertos diarios han descendido desde que se aumentó en 30.000 el número de efectivos en Iraq y se abrieron en Bagdad 34 estaciones conjuntas de seguridad en las que tropas estadounidenses trabajan con, y a veces incluso bajo el mando del, ejército iraquí.


Pero muchos de los nuevos aliados de Estados Unidos en las estaciones de seguridad conjuntas son voluntarios suníes que antes pertenecían a la insurgencia: el ejército norteamericano está armando y encomendando tareas policiales a hombres que antes habían luchado contra el Gobierno iraquí y el ejército de ocupación. Como muestra el reportaje de John Lee Anderson "Inside the Surge", publicado en The New Yorker el pasado mes de noviembre, el ejército estadounidense está encontrando nuevos aliados en gente cuyas lealtades son cuanto menos dudosas, y además les está armando.


Como señala Patrick Cockburn, es cierto que entre noviembre de 2006 y agosto de 2007 morían diariamente 65 iraquíes, y en febrero de este año, la cifra ha descendido a 26 muertos diarios, pero el descenso en la violencia sectaria se debe en gran medida al hecho de que prácticamente se ha completado el proceso de limpieza étnica y apenas quedan ya áreas mixtas en Bagdad.


CADÁVER EN UN VERTEDERO CERCANO AL BARRIO DE GAZHALIYA, EN BAGDAD.


Otra prueba de que Iraq no se ha estabilizado ni es un lugar más eseguro para sus habitantes es el incremento del número de refugiados: según ACNUR, en el año 2007 se duplicó el número de solicitudes de asilos a países industrializados desde Iraq con respecto al año 2006, pasando de 22.900 a 45.200. Y esta cifra sólo representa el uno por ciento del total de desplazados por la guerra: cuatro millones y medio de iraquíes se han visto obligados a abandonar sus casas desde el inicio de la guerra, dos millones y medio de ellos permanecen dentro del país, mientras que dos millones se encuentran en países vecinos como Siria y Jordania.


Además de ser probablemente la mayor catástrofe humanitaria de nuestro tiempo, la guerra de Iraq es también un desastre económico. Según el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, Estados Unidos ha gastado, calculando a la baja, tres billones de dólares en Iraq. El resto del mundo ha gastado otros tres billones. George Bush había asegurado que el coste sería de cincuenta mil millones, que es lo que su país gasta ahora cada tres meses de guerra. Con una sexta parte de esos tres billones, Estados Unidos podría asegurar la base del sistema de pensiones para los próximos cincuenta años.


Algunas decisiones, como
el uso de contratistas privados como Blackwater han contribuido a aumentar los costes. A pesar de todo ese enorme gasto, la guerra no ha supuesto ninguna carga adicional para los contribuyentes norteamericanos; en lugar de aumentar los impuestos, el Gobierno está utilizando su déficit presupuestario, en gran medida financiado por países extranjeros, para financiar la guerra, por lo que su deuda externa está creciendo considerablemente, unos dos billones, que se sumarán a los 5,7 billones actuales.


En un principio, la guerra iba a autofinanciarse gracias a las vastas reservas de petróleo que se encuentran bajo el suelo iraquí. De hecho, a nadie se le escapa que el verdadero motivo de la invasión era precisamente el petróleo, tal y como dijo el ex-presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan en septiembre del año pasado. Algunos analistas defienden la teoría de que a Estados Unidos le interesa que haya un Gobierno débil en Bagdad que asegure que Iraq sea su protectorado durante décadas para así poder controlar la explotación de las reservas de crudo. De hecho, se encuentra pendiente de aprobación en el Parlamento iraquí una ley que regule el reparto del petróleo; el borrador que Estados Unidos ha redactado adjudica la explotación de 17 de los 80 pozos petrolíferos a la Compañía Nacional de Petroleo de Iraq y el resto, más futuros yacimientos que queden por descubrir, quedaría bajo control extranjero durante los próximos treinta años.


Pero si el petróleo aún no ha empezado a pagar las facturas de Estados Unidos, ya está sirviendo para financiar a la insurgencia. La refinería de Baiji es una de las más grandes del país, cuando funciona a pleno rendimiento pueden salir
al día de ella 500 camiones cisterna cargados de crudo, que alcanzarán un valor de 10 millones de dólares en el mercado. Al menos un tercio del petróleo que produce es desviado al mercado negro y gran parte de ese dinero va a parar a manos de la insurgencia.


El Gobierno estadounidense lleva cinco años perdiendo una guerra cuya victoria proclamó menos de dos meses después de comenzar y cada una de sus decisiones no hace otra cosa que agravar una situación cada vez más complicada.
El próximo Gobierno lo va a tener muy difícil para reconducir una situación para la que no hay soluciones a la vista. Mientras tanto, la idea de una intervención en Irán parece estar cobrando cada vez más fuerza en la Administración Bush, como atestigua la reciente dimisión del almirante William Fallon, jefe del Mando Central del Ejército de EE UU y responsable de las operaciones militares en Irak y Afganistán, motivada por sus diferencias con Bush sobre el tema. Atacar a Irán sería sin duda un trágico error que tendría consecuencias catastróficas a corto y largo plazo. Pero la invasión de Iraq ya era un trágico error.


Desde que George W. Bush decidió terminar lo que su padre había comenzado doce años atrás, el mundo es un lugar muchísimo más peligroso para todos sus habitantes, y continuará siéndolo por muchos años. Quienes sufren las consecuencias en mayor medida son, claro está, los propios iraquíes, hasta el punto de que muchos de ellos, que un día dieron la bienvenida a una intervención militar que les iba a liberar de Saddam Hussein, están empezando a recordar con nostalgia los días de aquella terrible dictadura.


IRAQ DESDE DENTRO: Dos grandes periodistas se encuentran estos días en Bagdad para contar lo que sucede: el español Gervasio Sánchez escribe el blog "Cartas desde Bagdad" para El Heraldo de Aragón y el iraquí
Ghaith Abdul-Ahad realiza una serie de pequeños films titulada "Baghdad: City of Walls" para The Guardian.