jueves, 18 de octubre de 2007

Musulmanes en Birmania I: cabezas de turco del Régimen

Entre los muchos aspectos de esa inmensa tragedia colectiva llamada Birmania que están pasando desapercibidos ahora que la “revolución de azafrán” ha puesto en el centro de atención mediática al país asiático, se hace necesario destacar uno que es particularmente elocuente de la brutalidad de un régimen militar que si ya es cruel con los que considera “suyos”, tiene aun menos miramientos a la hora de reprimir a quienes considera los “otros”, en este caso, los musulmanes: quizá la minoría religiosa más grande del país y, sin duda, la más perseguida.

MEZQUITA DE JAMEH EN RANGÚN.


No se sabe con seguridad cuantos musulmanes viven en un país cuyo último censo oficial se realizó en 1983. Según ese censo, el porcentaje de población musulmana es del 3,9 por ciento, pero en realidad es más que probable que ese porcentaje sea mucho mayor: la Junta tiene a reducir las cifras de la población no budista y ni siquiera considera ciudadanos a los Rohingya, uno de los grupos musulmanes más numerosos. Según el Departamento de Estado norteamericano, entre un 6 y un 10 por ciento de los birmanos son musulmanes; es decir, entre 3 y 5 millones de personas.


La comunidad islámica en Birmania se encuentra repartida en cuatro grandes grupos, todos ellos suníes: los musulmanes de etnia birmana, cuyo origen se remonta al siglo XIII, cuando comerciantes árabes, persas e indios comenzaron a establecerse en la zona. Una pequeña comunidad de musulmanes chinos que proviene de la provincia de Yunnan y controla gran parte del comercio en la frontera del norte y Mandalay. Durante la anexión de Gran Bretaña entre 1824 y 1886, muchos musulmanes provenientes del subcontinente indio llegaron a Birmania, aunque su número se redujo con los años, muchos descendientes de este flujo migratorio se encuentran ahora en los centros urbanos, especialmente en Rangún. El grupo más numeroso, y el más oprimido, lo componen los rohingya, de procedencia bengalí, que se encuentran en el estado de Arakan, al oeste del país, junto a la frontera con Bangladesh.


Muchos birmanos pertenecientes a la mayoría budista miran con desconfianza a los musulmanes, a los que es frecuente aplicar el apelativo kala, insultante término para designar a los extranjeros. En un país en el que a menudo se asocia la identidad nacional con el budismo theravada, muchos consideran el Islam como una amenaza a la integridad nacional. Algunos birmanos budistas se quejan de que los musulmanes rechazan integrarse y desprecian sus prácticas religiosas. Además, el acceso a puestos de importancia en el gobierno y el ejército se encuentra totalmente fuera del alcance de los musulmanes, no sobre el papel aunque sí en la práctica.


La desconfianza hacia el Islam ha sido promovida por el Gobierno de la Junta como estrategia para legitimar su poder y, en muchos casos, desviar la atención de problemas políticos y económicos. El SPDC ha llevado a cabo esfuerzos para relacionar a la comunidad islámica birmana con el terrorismo internacional de Al-qaeda y de vez en cuando hace circular panfletos anónimos en que se acusa a los hombres musulmanes de violar a las mujeres budistas y de la mayor parte de las actividades criminales que se producen en el país.


Además, la Junta tiene muchos monjes budistas a su servicio haciendo tareas de espionaje y propaganda, algunos de ellos se ocupan también de propagar el mensaje de que los musulmanes constituyen una amenaza para la población; es el caso de Win Rathu, un importante abad de Mandalay famoso por sus incendiarios discursos en contra de la “amenaza islámica” y conocido como el “monje combativo”.


Se cree también que la Junta está detrás de la violencia que se ha producido en tiempos recientes en contra de la comunidad musulmana por parte de la budista. Un caso paradigmático son los disturbios acaecidos en diversas ciudades durante el año 2001. Tras la destrucción en marzo de las estatuas de Bamiyan a manos del régimen talibán afgano, y coincidiendo con una de las peores crisis económicas en Birmania, se produjo una oleada de violencia en diversas ciudades birmanas que comenzó con la quema y saqueo de tiendas y mezquitas a cargo de la comunidad budista. La violencia se recrudeció aun más tras los atentados del 11 S hasta desembocar en al menos 9 muertes. En muchos casos, los monjes lideraban las violentas multitudes; pero no pocos detalles indican que gran parte de ellos no eran verdaderos monjes(por ejemplo, diferentes testigos afirman que vieron a muchos de ellos usar teléfonos móviles, lo que era entonces muy infrecuente), sino agentes infiltrados de la Junta (sobre estos disturbios ver, en pdf, el informe Crackdown on Burmese Muslims, publicado en julio de 2002 por Human Rights Watch).