jueves, 13 de septiembre de 2007

Suspensión de incredulidad y mala fe: Petraeus y Crocker en el Congreso y el Senado

Hay un diálogo memorable en Los siete magníficos en el que Steve McQueen cuenta la historia de un hombre que está cayendo desde lo alto de un edificio de varios pisos. Según va cayendo, la gente de cada piso le oye gritar una y otra vez: “¡Hasta aquí todo va bien!”, “Hasta aquí todo va bien!” (“So far, so good!”).


Por supuesto, durante sus esperadísimas comparecencias de esta semana ante el Congreso y el Senado de los Estados Unidos, ni David H. Petraeus ni Ryan C. Crocker (el general al mando de las tropas estadounidenses en Iraq y el embajador allí) dijeron en ningún momento que las cosas estén yendo bien en Mesopotamia. De hecho una de las bazas que jugaron era la del más sobrio realismo, se trataba de ofrecer un “retrato lo más exacto posible” de la situación en Iraq, sin triunfalismos: dadas las circunstancias, cualquier exceso de entusiasmo podía pasar por locura.


Sin embargo, a pesar de todas sus precauciones, el testimonio de Petraeus y Crocker no andaba muy lejos del grito de ese hombre que se empeña en proclamar que todo va bien a pesar de que está cayendo irremediablemente al vacío. En ambos casos el empeño parece ser el mismo: un esfuerzo digno de mejor causa para ver las cosas no como son, sino como se quiere que sean.



Uno de los principales objetivos de la comparecencia era, claro está, defender el polémico incremento de tropas que se ha producido en los últimos meses en Iraq, demostrar que eso ha dado resultados, que las cosas han mejorado en Iraq desde que hay 30.000 soldados norteamericanos más allí. Tras la visita sorpresa a Iraq de George Bush la semana pasada, a nadie sorprendió que Petraeus afirmara en su declaración inicial (ver en .pdf) del día 10 ante el Congreso que “los objetivos militares del aumento de tropas se han cumplido en gran medida”.


El incremento del número de tropas estaba pensado para aumentar la seguridad, especialmente en Bagdad, y así crear unas condiciones que permitieran "dejar espacio para respirar" al Gobierno central de Nouri Maliki, que se fortaleciera y empezaran a ponerse los cimientos para la reconciliación nacional. Siete meses después del incremento de tropas, las mejoras son más bien pequeñas; Haidar Minathar, un escritor, actor y director iraquí residente en Bagdad dijo recientemente a The New York Times que “esas mejoras parecen pequeñas e insignificantes porque la devastación es enorme”, añadiendo que “la ganancia en seguridad no ha tenido gran influencia”. Además, la población iraquí sigue huyendo de sus casas en busca de refugio.


A esta política de fortalecer el Gobierno central se ha añadido otra más reciente de pactos con líderes suníes para luchar contra Al Qaeda, política que muchos han criticado, incluido el primer ministro Maliki, que ha llegado a decir que algunos comandantes americanos “están cometiendo errores debido a que no conocen los hechos sobre la gente con la que están tratando”. Petraeus se esforzó en vender estos tratos con “autoridades locales” como una nueva panacea, gracias a ellos la violencia de Al Qaeda habría disminuido enormemente en provincias como Anbar, cuyos “éxitos” citó a menudo.


Pero según el general Petraeus, el principal problema en Iraq es la rivalidad sectaria por el poder y los recursos, rivalidad que se traduce en violencia. La administración Bush no se cansa de repetir que las muertes provocadas por este tipo de violencia sectaria han disminuido desde el incremento de tropas, Petraeus dijo el lunes que el descenso es de un 55 por ciento desde diciembre del año pasado. Pero muchas voces han acusado al Gobierno estadounidense de manipular las cifras. El pasado 11 de septiembre podíamos leer en The Independent como en ciertos casos el ejército estadounidense y la policía iraquí consideran asesinatos que a todas luces se han producido por motivos sectarios como “actos puramente criminales” de delincuencia común, en un claro ejercicio de 'contabilidad creativa'.


Estas y otras estadísticas han sido puestas en duda desde diversos medios. En todo caso, incluso los gráficos presentados por el propio Petraeus el lunes (ver en .pdf) no son demasiado esperanzadores: de acuerdo con ellos, el número de civiles muertos ha disminuido desde que el incremento de tropas, sí, pero la cifra sigue siendo bastante superior a la de los mismos meses del año pasado.


Los planes para el futuro de la administración Bush son básicamente más de lo mismo, incluyendo una reducción de tropas algo “virtual”: de aquí al próximo verano volverían a casa 30.000 hombres, exactamente el número de tropas que se han añadido desde enero. Esas tropas se retirarían gradualmente. Cuando se preguntó a Petraeus si retiraría más, él respondió que no podrá responder a esa pregunta hasta marzo de 2008. Hay que decir aquí que los destinos en Iraq son de 15 meses; teniendo en cuenta que las tropas que forman parte del incremento fueron enviadas a principio de este año, es difícil considerar su vuelta el verano que viene, cuando su tiempo en Iraq termina, como una retirada o tan siquiera una disminución real.


Por otro lado, Irán salió a relucir constantemente durante las comparecencias (en el Senado, Petraeus lo mencionó 25 veces y Crocker 32), siempre en relación con las milicias chiíes. Ambos insistieron en que la implicación de Irán en la financiación, entrenamiento e incluso dirección de las milicias chiíes en Iraq es enorme. Crocker dijo ayer al Washington Post que Irán tiene una “estrategia de agresión en Irán” y que está tratando de crear una fuerza parecida a Hezbollah en Líbano. La administración Bush anunció su intención de pedir a la ONU que endurezca la ssanciones contra Irán. Petraeus ha venido repitiendo que “no se puede ganar en Iraq sólo en Iraq”, especialmente en Irán, insinuando la posibilidad de una posible acción militar contra ese país.


La opción de irse de Iraq o empezar a proyectar una retirada gradual no parece estar realmente en la mente de la administración Bush, que se niega a contemplar la posibilidad de un fracaso que es ya mucho más que una posibilidad: es una realidad. Ello a pesar de que tal y como señaló un artículo en New Yorker ("Planning for defeat"), la presencia estadounidense allí no puede mantenerse por demasiado tiempo y no planear una retirada gradual podría llevar a que fuera inevitable otra más repentina, cuyas consecuencias serían desastrosas.


Barack Obama, que aboga por una retirada lo más rápida posible, dijo en el Senado que la situación en Iraq es tan desastrosa que se ha “situado el rasero tan bajo que una modesta mejora en lo que era una situación completamente caótica, hasta el punto de que ahora tenemos los mismos niveles de violencia intolerable que existía en 2006, se considera un éxito, y no lo es”.


Hillary Clinton preguntó a Petraeus, en que circunstancias el mes de marzo del año que viene recomendaría la continuación de entre 130.000 y 160.000 tropas en americanas siendo “disparadas, asesinadas y mutiladas cada día”, que se podía esperar del Gobierno de Estados Unidos en el caso de “de un fracaso del Gobierno iraquí para llevar a cabo sus planes políticos, teniendo en cuenta que hasta el momento han sido incapaces o no han querido hacerlo”. La respuesta de Petraeus es que en esa situación “altamente hipotética” (sic) tendría que verse muy presionado para hacer una recomendación de que las tropas continuaran en Iraq. Eso es lo más cerca que estuvo de contemplar una posible reducción de tropas.


Hillary Clinton también dijo que los informes que Petraeus y Crocker habían proporcionado requerían una “suspensión de incredulidad voluntaria”. Eso es lo que el mundo ha presenciado estos días: la confirmación de un autoengaño de horrendas consecuencias.


Hace tiempo, el filósofo francés Jean-Paul Sartre (al que seguro que no lee Petraeus, a quién como buen militar le gustan Kipling y el consabido "If...") habló de algo muy parecido a la “suspensión de incredulidad voluntaria”. En su obra El ser y la nada, dedicó muchas páginas a lo que llamó “mala fe”, que consiste básicamente en engañarse a uno mismo. Sartre decía que la mala fe es posible sólo cuando se conoce la verdad, porque sólo entonces es posible el engaño (en otro caso, se trataría de un mero error). La “mala fe” puede ser una manera de negarse a ver una situación y sus condicionamientos o, en principio por el contrario, de asumir la propia libertad dentro de esa misma situación, queriendo creer que no se tienen posibilidades ni elecciones.


En términos sartrianos, la administración Bush lleva inmersa en la “mala fe” desde hace años, y curiosamente en una “doble mala fe”: por un lado se engaña con respecto a la situación en Iraq, no queriendo ver la realidad de la misma, y por el otro se niegan a ver algunas de sus propias posibilidades. Por supuesto, estos dos aspectos de la mala fe se complementan y alimentan el uno al otro. El problema de la mala fe, estado tan frágil como puede parecer, es que una vez que se ve uno inmerso en ella, en su círculo vicioso infernal, es casi imposible salir; uno cada vez se esfuerza más en reafirmarse en su auto engaño, y ha de recibir un golpe muy grande que le haga imposible seguir negándose a ver las cosas como son: que la situación es la que es, y que se es libre en ella.


Lo peor del caso es que no son Bush y compañía los que sufren las consecuencias de su política llevada a cabo en mala fe: no son ellos los que sufren el golpe de la realidad, sino el pueblo iraquí y los miles de soldados que mueren un día tras otro en nombre de una libertad que el Gobierno norteamericano ha tirado por los suelos en lo que es una de las tragedias más grotescas (por inútil) y enormes (por sus proporciones e imprevisibles consecuencias en el futuro) de nuestro tiempo.