domingo, 19 de agosto de 2007

Sobre voluntariados, el ‘gap year’ y la ‘mili’

La ONG Voluntary Services Overseas (VSO) ha criticado recientemente ciertos programas de voluntariado en países subdesarrollados a los que muchos jóvenes británicos se apuntan durante su ‘gap year’. Según VSO, estos jóvenes están pagando enormes sumas de dinero por voluntariados que no ayudan a nadie y que solo sirven para enriquecer a las agencias que los organizan.


La expresión ‘gap year’ se refiere a una costumbre muy extendida entre las clases media y media-alta en Gran Bretaña y otros países ricos, sobre todo Canadá y los países nórdicos, que consiste en pasar un tiempo más o menos largo viajando con la mochila a cuestas, normalmente entre la educación secundaria o la universidad. En España no tiene la implantación que tiene en otros países, pero cada vez son cada vez más frecuentes este tipo de viajes; quizá lo más parecido sea el popular interrail. En el Reino Unido solía ser un privilegio de los más ricos, cada vez está más extendido (aunque cada cual lo adapta a sus posibilidades): unos 200.000 británicos lo hacen cada año, 130.000 antes de entrar en la Universidad, gastando una media 4.800 libras.


Muchos de estos viajes consisten en un voluntariado o lo incluyen. En la mayoria de los casos el voluntariado dura un cierto tiempo, tras las cuales el mochilero en cuestión aprovecha para recorrer la zona cercana. Un ejemplo: tras terminar el instituto, un chaval sueco de clase media-alta se va a hacer un voluntariado de dos meses a Indonesia que consiste en enseñar surf a jóvenes huérfanos de Bali; terminado el programa, pasa cuatro meses viajando por el sudeste asiático y después vuelve a su país para estudiar Empresariales.


El ‘gap year’ no sólo es una ‘experiencia inolvidable y enriquecedora que amplía los horizontes de los jóvenes’, también queda muy bien en el curriculum, sobre todo si incluye un voluntariado: demuestra iniciativa, que se tienen inquietudes, espíritu aventurero, que se sabe trabajar en equipo… Matando dos pájaros de un tiro, no sólo convierte al joven en una ‘mejor persona’, también le hace más competitivo en el mercado laboral.


La generación anterior tenía la ‘mili’, que era, entre otras cosas, un ritual de paso: uno dejaba el núcleo familiar para convertirse en miembro de una comunidad más grande. Uno dejaba de ser el ‘niño de mama’ para ‘hacerse un hombre’. En los cuarteles se echaba de menos a la madre, pero en secreto y casi con vergüenza, no siendo que los demás dudaran de la hombría de uno. Eso sí, los embutidos y viandas que las madres mandaban no suponían ninguna vergüenza y hasta eran compartidos con el grupo: al fin y al cabo, todos estaban exactamente en la misma situación.


La ‘mili’ era una parte esencial en la narrativa individual y colectiva. Nuestros abuelos y padres cuentan a quién quiera oírles (y a veces a quién no quiere también) anécdotas de sargentos chusqueros, de novatadas cuarteleras, de escapadas por los pelos de arrestos o de pesadillescas noches de guardia al raso. Esas anécdotas son casi todas iguales y perfectamente intercambiables: en la ‘mili’, hasta las historias tenían uniforme.


Como todo el mundo sabe, el ritual de paso de nuestra generación postmoderna es el 'gap year'. Las similitudes y diferencias entre ambos son bastante elocuentes de cómo han cambiado las cosas en la sociedad en los últimos 30 o 40 años. De esas diferencias, la mayor quizá sea el hecho de que el ‘gap year’ se contrata a través de una agencia: la ‘mili’ es un servicio que se presta a una institución única, el ‘gap year’ es un acto de consumo; incluso en el caso en que se trabaja como voluntario, se elige al proveedor de un servicio en un mercado libre. 'Hacerse un hombre' también se ha privatizado. Pero, siendo importante, esa no es la única diferencia.


Supuestamente, como en la 'mili’ también a través del ‘gap year’ se entra a formar parte de un grupo más grande que la familia; puesto que uno ya no se va a Valladolid sino a Panamá, ese grupo es mucho más amplio e incluye, en principio, a todo el género humano. De hecho, las agencias que organizan este tipo de experiencias siempre venden al consumidor que se vivirá realmente la vida de la comunidad que se visite, e incluso se aprenderá el idioma. En las páginas web de estas agencias suele haber fotos en las que los voluntarios posan con los ‘locales’ en grupos en los que son ‘uno más’, también abundan otras en las que ambos se abrazan fraternalmente.


Esto es tan falso como que la ‘mili’ haga realmente patriotas (puede que incluso más), por supuesto, pero dice mucho de un mundo en el que el cosmopolitismo es una especie de valor ideal incontestable que en realidad no regula nada y que enmascara una especie de colonialismo que no se atreve a decir su nombre: no hay un intercambio real de culturas, nosotros vamos a enseñarles a ‘ellos’ (la mayoría de voluntariados son de enseñanza) y el conocimiento que se aprende de ‘ellos’ no pasa de ser una especie de ‘souvenir espiritual’: un adorno que nunca se usará cuando se vuelva a casa más que como artículo de exhibición.


Vimos que en la relación del recluta con la madre los sentimientos hacia ella se escondían, pues le sobraban al grupo, además a la madre se le contaba muy poco de lo que sucedía en el cuartel. Por otro lado, se compartía lo que puede ayudar de la madre al grupo: esa comida casera que ella mandaba a su hijo. En cambio, al adolescente que se encuentra en un viaje de ‘gap year’ quizá le de menos vergüenza hablar de lo bien que se lleva con su madre y lo 'cool' que ésta es, generalmente no la llama por teléfono a escondidas y hasta cierto punto se censura mucho menos a la hora de contarle sus aventuras. En contraste con el recluta, y por razones obvias, el mochilero en ‘gap year’ no recibe de su familia embutidos de la última matanza, sino dinero. Dinero que nunca comparte con otros viajeros en su misma situación y cuya procedencia a menudo niega: casi todos estos adolescentes recorren el mundo con dinero que han ganado trabajando mientras estaban en el instituto.


Los dos 'rituales' son narrativizados de una manera completamente opuesta. Como vimos antes, de la ‘mili’ resultaban historias uniformes. Esto es así porque en realidad, haciendo la ‘mili’, al igual que se entraba en una organización más grande que uno, el individuo entraba en una especie de historia colectiva. Del ‘gap year’ salen historias completamente individuales; quizá durante el voluntariado se viva en comunidad, pero la historia que se cuenta al volver a casa no es compartida (nadie en su entorno habrá hecho precisamente ese viaje y ese voluntariado), ni siquiera con otros adolescentes que también han vuelto de su 'gap year': en principio, es difícil que el que se va a Laos a enseñar inglés y cultivo orgánico tenga la misma experiencia que el que va a hacer de entrenador de fútbol a Tanzania.


La ‘mili’ tenía la función de subordinar al individuo y su familia a un grupo más grande, el Estado. El ‘gap year’ hace que el adolescente vea el mundo entero casi como subordinado a sí mismo y, en cierto modo, su familia: convierte situaciones colectivas en poco más que historias personales. Por otro lado, a pesar de la variedad en las historias, el 'gap year' parece afectar a todos de la misma manera, lo cual es sólo paradójico a simple vista. A estas alturas, es dificil engañarse con respecto al ‘gap year’ y no verlo como lo que realmente es: un artículo de consumo, un producto 'personalizado' que el consumidor escoge de entre otros presentados en un escaparate y con cuya elección se compra, en última instancia, una identidad. No es sorprendente que afecte a todos de la misma manera: dos jóvenes diferentes pueden llegar a sitios tan dispares y lejanos como India o Perú siguiendo exactamente los mismos pasos.

El ‘gap year’ es el más extraño de los rituales de paso: es completamente indoloro y a través de él, el adolescente no entra y es ‘digerido’ por una sociedad aprendiendo su ‘lugar en el mundo’ e inscribiendo su historia individual en una historia colectiva sino que es él quien ‘digiere’ el mundo e inscribe la historia colectiva en su historia individual. En realidad, es el ritual de paso perfecto para la sociedad neoliberal actual, basada en la competencia entre individuos y empresas separados y atomizados.

1 comentario:

krach dijo...

Lo del gap year es muy parecido a las becas Erasmus: un paraíso artificial al alcance de sólo unos pocos. Lo más "gracioso" de los Erasmus es que sólo se relacionan entre ellos y se pasan el día de juerga, y cuando vuelven a su país de origen, muchos ni han aprendido el idioma. Encima les aprueban porque clar, "son Erasmus". En muchos sitios se les llama becas "orgasmus", de hecho.