lunes, 20 de julio de 2009

Entrevista a Andy Worthington

P+DH [Periodismo + Derechos Humanos] publica hoy la primera parte de la entrevista que hice recientemente al periodista británico Andy Worthington, uno de los mayores expertos de mundo en la prisión de Guantánamo y autor del libro The Guantánamo Files, en el que narra las historias de todos y cada uno de los prisioneros que han sufrido las más graves violaciones de los derechos humanos en el centro de detención estadounidense desde su puesta en marcha a finales de 2001.

En la entrevista, Worthington habla de los retos a los que se enfrenta la administración Obama para cerrar Guantánamo, el legado de la administración Bush en cuanto a los derechos humanos y las diferencias y similitudes entre ambas en el trato a los prisioneros de la "guerra contra el terrorismo". He aquí un extracto:

También debo decir que, en conjunto, la administración Obama no ha puesto en duda los fundamentos de la “guerra contra el terrorismo” de la administración Bush, que se basaba en difuminar intencionadamente las diferencias entre los talibán (un gobierno, por muy despreciable que fuera) y al-Qaeda (un pequeño grupo terrorista). Básicamente, los terroristas deberían haber comparecido ante tribunales federales para ser juzgados como delincuentes y los soldados deberían haber sido retenidos en calidad de prisioneros de guerra, protegidos por las Convenciones de Ginebra, hasta el final de las hostilidades.

De haber sido así, ahora no estaríamos discutiendo si es legítimo continuar reteniendo a prisioneros relacionados con una operación militar determinada –derrocar a los talibán e instaurar un nuevo gobierno en Afganistán– cuyo objetivo se alcanzó hace años. Sin embargo, tal y como están las cosas, la administración Obama ha renunciado al uso de la expresión “combatientes enemigos” para referirse a los prisioneros de la “guerra contra el terrorismo”, pero no ha acabado con la lógica falsa de retener a prisioneros sin considerarlos sospechosos de un delito o prisioneros de guerra, y eso es precisamente lo que debe hacer, y también asegurarse de que no vuelva a suceder jamás.

La segunda parte, centrada en los presos liberados de Guantánamo (algunos de los cuales serán acogidos en España) aparecerá proximamente en P+DH. Aprovecho la ocasión para dar las gracias a la gente de P+DH por brindarme la oportunidad de trabajar con ellos y a Andy Worthington por concederme la entrevista. Ha sido un placer y un privilegio.

ACTUALIZACIÓN (22/07/2009): Ya se puede leer la segunda parte de la entrevista aquí. También está disponible la version íntegra de la entrevista en inglés en el blog de Andy Worthington.

sábado, 4 de julio de 2009

Rory Stewart y la "irresistible ilusión" de Afganistán

Estados Unidos está liderando estos días la primera gran ofensiva en Afganistán desde que el presidente Obama asumió en enero la presidencia. Más de cuatro mil marines estadounidenses, seiscientos soldados afganos y ochocientos británicos han sido movilizados en una operación de enormes dimensiones lanzada con el objetivo de expulsar a los talibán de la provincia meridional de Helmand.

Precisamente esta semana, la imprescindible London Review of Books (para el firmante de estas líneas, la mejor revista del mundo junto a New Left Review) publica un magistral y muy oportuno artículo sobre el papel de la ocupación extranjera en Afganistán que es de lectura obligatoria, y seguirá siendolo durante muchos años, para comprender qué estamos haciendo allí y qué no.


"The Irresistible Illusion" es uno de los textos más lúcidos que he tenido ocasión de leer sobre Afganistán y contiene una crítica demoledora del proyecto de construcción estatal emprendido por las potencias occidentales, un proyecto condenado al fracaso y de legitimidad más que dudosa que se basa en presuposiciones erróneas, un lenguaje opaco que no sirve para desvelar la realidad sino para interpretarla a la medida de un discurso y unas necesidades políticas occidentales que poco tienen que ver con la realidad afgana sobre el terreno y una profunda ignorancia no sólo de la cultura y la sociedad afgana y pakistaní sino de la historia de las potencias imperiales en la región cuyas consecuencias son catastróficas.

El autor del artículo, Rory Stewart (Hong Kong, 1973), es todo un personaje: hijo del cónsul general británico en Hanoi durante la guerra de Vietnam, estudió en Eton y se licenció en filosofía y política por la Universidad de Oxford (durante sus estudios universitarios fue el tutor estival de los príncipes Guillermo y Harry). Tras un período de servicio en el ejército británico, entró a fromar parte del cuerpo diplómatico en 1997. Entre los años 2001 y 2002 hizo un viaje a pie y completamente solo desde Turquía hasta Bangladesh, durante aquel viaje atravesó Afganistán en pleno invierno y con la guerra recién empezada, una experiencia que narraría en su primer libro, The Places in Between. En los años 2003 y 2004 estuvo en Iraq, donde ocupó el cargo de vicegobernador de la Autoridad Provisional de la Coalición en la provincia Iraquí de Amara y después el de asesor especial en Dhi Qar. Después viviría en Kabul, dónde dirigiría la fundación Turquoise Mountain, dedicada a la restauración del patrimonio artístico y cultural de la capital afgana. En la actualidad, es profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard.

Así pues, nos encontramos ante una artículo escrito por un hombre del mismo sistema al que critica con tanta fuerza, no por un activista de lo que tantos han dado en llamar la "izquierda radical", lo que no hace sino reforzar todavía más sus argumentos. En realidad, Stewart no arremete tanto contra la invasión en sí como contra la estrategia y la doctrina en que se apoya, pero es posible que ésta sea la mayor crítica hecha por un miembro de la élite política británica a una invasión que siempre se ha considerado mayoritariamente la "buena guerra" frente a la de Iraq, lo que resulta muy sintomático y pone de relieve la creciente dificultad que entraña justificar una ocupación que dura ya casi ocho años y ha llevado pocos, muy pocos, beneficios al pueblo afgano, pero sí mucho sufrimiento.

He aquí un par de fragmentos del artículo:
Even if – as seems most unlikely – the Taliban were to take the capital, it is not clear how much of a threat this would pose to US or European national security. Would they repeat their error of providing a safe haven to al-Qaida? And how safe would this safe haven be? They could give al-Qaida land for a camp but how would they defend it against predators or US special forces? And does al-Qaida still require large terrorist training camps to organise attacks? Could they not plan in Hamburg and train at flight schools in Florida; or meet in Bradford and build morale on an adventure training course in Wales?

Furthermore, there are no self-evident connections between the key objectives of counter-terrorism, development, democracy/ state-building and counter-insurgency. Counter-insurgency is neither a necessary nor a sufficient condition for state-building. You could create a stable legitimate state without winning a counter-insurgency campaign (India, which is far more stable and legitimate than Afghanistan, is still fighting several long counter-insurgency campaigns from Assam to Kashmir). You could win a counter-insurgency campaign without creating a stable state (if such a state also required the rule of law and a legitimate domestic economy). Nor is there any necessary connection between state-formation and terrorism. Our confusions are well illustrated by the debates about whether Iraq was a rogue state harbouring terrorists (as Bush claimed) or an authoritarian state which excluded terrorists (as was in fact the case).

[...]

The new UK strategy for Afghanistan is described as

International . . . regional . . . joint civilian-military . . . co-ordinated . . . long-term . . . focused on developing capacity . . . an approach that combines respect for sovereignty and local values with respect for international standards of democracy, legitimate and accountable government, and human rights; a hard-headed approach: setting clear and realistic objectives with clear metrics of success.

This is not a plan: it is a description of what we have not got. Our approach is short-term; it has struggled to develop Afghan capacity, resolve regional issues or overcome civilian-military divisions; it has struggled to respect Afghan sovereignty or local values; it has failed to implement international standards of democracy, government and human rights; and it has failed to set clear and realistic objectives with clear metrics of success. Why do we believe that describing what we do not have should constitute a plan on how to get it? (Similarly, we do not notice the tautology in claiming to ‘overcome corruption through transparent, predictable and accountable financial processes’.)

In part, it is because the language is comfortingly opaque. We can expose Rawlinson’s blunt calculus of national interest by questioning the costs, the potential gains or the likelihood of success. But a bewildering range of different logical connections and identities can be concealed in a specialised language derived from development theory and overlaid with management consultancy. What is concealed is our underlying assumption that when we want to make other societies resemble our (often fantastical) ideas of our own society, we can. The language of modern policy does not help us to declare the limits to our power and capacity; to concede that we can do less than we pretend or that our enemies can do less than we pretend; to confess how little we know about a country like Afghanistan or how little we can predict about its future; or to acknowledge that we might be unwelcome or that our presence might be perceived as illegitimate or that it might make things worse.

Entrevista a Santiago Alba

"El modelo tecnoconsumista, con su “hedonismo de masas” –por citar una vieja expresión de Pasolini-, se ha impuesto del tal manera que toda disminución en los niveles habituales de consumo será vivido también como una catástrofe subjetiva, como una pérdida cataclística para la que habrá que buscar algún culpable. Nunca ha habido más condiciones objetivas, y menos subjetivas, para una transformación radical. Las sociedades occidentales son sociedades de “hambruna generalizada” y las hambrunas disuelven los lazos de solidaridad. No es un problema ideológico, sino material: la subjetividad capitalista está materialmente construida al margen de todos los valores y principios que permiten sencillamente una negociación. En Europa y EEUU veo más probable la barbarie o el neofascismo que la recuperación de una mínima sensatez antropológica."
Esta es una de las respuestas que forman parte de la entrevista que le hice hace un mes a Santiago Alba y que hoy ha publicado Rebelión íntegramente. Las respuestas de Alba no tienen desperdicio y contienen uno de los diagnósticos más lúcidos y demoledores sobre la actual crisis que he tenido ocasión de leer últimamente.

Desde aquí, me gustaría aprovechar para dar las gracias a Santiago por acceder a colaborar conmigo y por su enorme amabilidad. Ha sido un privilegio y un auténtico placer. Gracias por todo, Santiago.

Podéis leer la entrevista aquí.

domingo, 21 de junio de 2009

Sueltos sobre Irán - 21/06/2009

A continuación, ofrezco algunos enlaces interesantes sobre la llamada "revolución verde" que he ido recopilando esta semana y que sirven como complemento y ampliación a mi anterior post sobre el tema. Cada día parece más claro que nos encontramos ante una lucha por el poder entre dos facciones dentro del sistema: la liderada por el líder supremo, el ayatolá Jamenei, y la encabezada por el presidente de la Asamblea de Expertos, el ayatolá Rafsanjani, y que hay muy pocas posibilidades, probablemente ninguna, de que se produzca un cambio de régimen.

-El mejor seguimiento en castellano de los acontecimientos en Irán es el que está haciendo el periodista Iñigo Sáenz de Ugarte en su blog Guerra Eterna.

AYER HUBO 13 MUERTOS EN LOS ENFRENTAMIENTOS ENTRE LOS MANIFESTANTES Y LAS MILICIAS PRO-GUBERNAMENTALES.

-"Historia de un rumor": Un buen ejemplo de la manipulación y desinformación que hemos venido padeciendo en la cobertura de la crisis iraní es la supuesta participación de la milicia libanesa Hizbulá en la represión de las protestas; al parecer medios en principio tan serios como Der Spiegel las habrían confundido con la milicia iraní Ansar-e-Hizbulá. Incluso han circulado rumores de que hay milicianos de Hamas en las calles de Teherán apoyando al gobierno. Ese rumor parece basarse completamente en el hecho de que algunas "fuentes de la oposición" han visto a algunos miembros de las fuerzas que "hablaban en árabe o, simplemente, no parecían iraníes" (sic). Eso basta para que algunos medios no pierdan la ocasión de dar la "noticia" como un hecho con fines propagandísticos.

-Otro rumor es el de la famosa carta secreta que supuestamente envió el Ministerio del Interior al líder supremo Jamenei anunciando que se daría la victoria a Ahmadineyad y exponiendo los resultados "reales" de las elecciones. La carta era evidentemente falsa (ni siquiera tiene membrete), lo que no impidió que circularan cientos de fotocopias por Teherán e, incluso, que Marjane Satrapi y Mohsen Majmalbaf la presentaran como prueba ante el Parlamento Europeo.

-Se han presentado todo tipo de "pruebas" para sustentar las acusaciones de fraude electoral. Aquí se exponen las más importantes, rebatidas.

-Seumas Milne dijo el jueves una verdad que, dada la opinión generalizada, sonará enormemente excéntrica y que, si no viviéramos en el mundo al revés, sería puro sentido común. Si no ha habido fraude electoral (algo que nadie ha demostrado todavía) y Ahmadineyad ha ganado las elecciones, estamos ante un intento de golpe de Estado de Musavi y sus partidarios:

If Ahmadinejad was in fact the winner, then there is an attempted coup going on in Tehran right now, and it is being led by Mousavi and his western-backed supporters. But for the demonstrators facing repression in Tehran, the conviction that they have been cheated has created its own momentum in what is now a highly polarised society. That is given more force by the fact that the protests are underpinned by a split in the theocratic regime, of which Mousavi and his allies are a powerful component.

-El iraní Abbas Barzegar está publicando en The Guardian algunos de los artículos más interesantes sobre su país. El miércoles nos hablaba de una sociedad dividida, con dos grupos separados y casi aislados entre sí: una élite empresarial occidentalizada y partidaria de la apertura al exterior y una clase de profesionales y tecnócratas más religiosos que se educaron tras la revolución y sienten un fuerte orgullo patriótico por los logros obtenidos por su país tras la revolución islámica:

Iran is having an identity crisis. Since the Iranian revolution turned into an Islamic Republic few voices other than the party line have been accepted in the public realm. Nonetheless, the vacuum left by the flight of the wealthy elite after the revolution (now mostly in Los Angeles) has led to the rise of an upper class that has benefited from the industrial development of Iran over the last 20 years. Over the years this class has increasing become disenchanted with Iran's international isolation, strictures of Islamic governance and what it sees as the blatant exploitation of religion for political ends. They have long desired a rapprochement with the west in addition to the adoption of western modes of democratic governance. The government has largely left them and their satellites alone in their northern Tehran suburbs.

Meanwhile, the seemingly viable mixture of theology and modernity introduced by the revolution has allowed the integration of an extremely large conservative segment of the population into Iranian society. This is the exact inverse of countries like Turkey and Egypt where national development and professional training have benefited almost exclusively the secular classes. Thus, a generation of Iranians from traditional Muslim backgrounds has been reared in the mores of the Islamic revolution and come to adopt its ideals and ambitions as a matter of choice and identity. Over the years this multi-constituted class has prided itself on its many anti-imperial achievements and Iran's very survival in the face of countless internal and external challenges. Educated, on guard, and devoted, they are the life blood of the regime and far from the puppets of a few old clerics that they are made out to be.

EL AYATOLÁ JAMENEI DIRIGE EL REZO DEL PASADO VIERNES EN TEHERÁN.

-Excelente artículo de Peter Beaumont, hoy, en The Guardian, que debería servir como advertencia para todos aquéllos que, de un lado u otro, se apresuren a sacar conclusiones. Ni las exégesis conspiranoicas de cierta izquierda anti-imperialista ni las de los fundamentalistas predicadores de las bondades de la democracia occidental (tendencia mayoritaria y heterogénea que incluye desde los socialdemócratas hasta los neocon) entienden lo que está pasando en Irán porque se empeñan en interpretar los acontecimientos en su propio beneficio:
In the case of Iran, what has been visible in the west has been two competing versions of the country, coloured by political imagination and appropriated by the two rival - and confrontational - camps that have dominated our debate on foreign affairs since 11 September and the invasion of Iraq. Parties to a new cold war of ideas, their narrow and mutually antagonistic positions have reinterpreted each emerging international crisis to suit their own agenda and in defiance of the other's.

On one side are the remnants of the old left, bolstered by a new generation radicalised by anti-poverty, anti-globalisation and climate change activism. Informed by writers like the veteran activist Noam Chomsky and journalists such as John Pilger, their world view is characterised by an "anti-imperialist" narrative that is hostile to western interventions.

Opposing them is a more diffuse group with a far greater influence on policy-making, whose members range from broadly liberal to neoconservative. The unifying conviction that has glued this group together has been an almost religious belief in the transformative power that western democratic habits possess when transplanted into societies and cultures that have experienced largely restricted freedoms. It's a belief, it should be said, that remains strangely unshaken by the multiple failures in recent years.
-Daniel Luban escribe en el blog de Jim Lobe un excelente artículo sobre el ridículo posicionamiento que hacen algunos comentaristas neocon, que se empeñan en mostrar a los opositores que están saliendo a las calles como partidarios de los mismos valores que defienden ellos. A pesar de los gritos de "Allahu akbar", hay hasta quienes piensan que se trata de una revolución laica contra el islam:

Having dispensed with the Iranians as they are, and created in their place the ardently pro-American secular revolutionaries that he would like them to be, Krauthammer then lays out a vision of liberal transformation in the Middle East that will be familiar to anyone who remembers the grandiose claims made in the run-up to the Iraq war. Regime change in Tehran will “do to Islamism what the collapse of the Soviet Union did to communism — leave it forever spent and discredited.” It will “launch a second Arab spring,” bolstering Iraq and Lebanon, isolating Syria, and emasculating Hezbollah and Hamas. He does not mention the so-called “moderate” Arab states, perhaps because they shatter his “pro-democracy” pretext — after all, it would not do for the second Arab spring to sweep out Mubarak and bring in the Muslim Brotherhood. Nor does he mention the Palestinians outside of Hamas, but presumably they will at long last recognize themselves as a defeated people and acquiesce to whatever arrangement Israel sees fit to grant them.

Without getting into the merits of Krauthammer’s vision (I personally think it is no less far-fetched in 2009 than it was in 2003), how could anyone possibly believe that this is what the protesters are fighting for? It would be rather remarkable, to say the least, if the goals and aspirations of Moussavi and his supporters turned out to be identical with the goals and aspirations of the Wall Street Journal editorial board and the American Enterprise Institute.

-Gran parte de la culpa de ciertas interpretaciones erróneas la tienen algunos prominentes partidarios de Musavi. Su portavoz oficial en el extranjero, el cineasta Mohsen Majmalbaf, ha intentado vender una imagen del candidato a la presidencia que, a poco que uno rasque la superficie, se revela totalmente falsa. En una entrevista a Foreign Policy, declaraba que "Ahmadineyad es el Bush de Irán y Musavi es el Obama de Irán" (por lo que se ve, ahora el partido se juega en Irán). En una pieza de propaganda titulada "Hablo en nombre de Musavi. E Irán" (olvidando que, haya habido tongo o no, Ahmadineyad tiene un gran número de seguidores) convertía a Musavi en un personaje totalmente irreconocible, un hombre que cuando ocupó el cargo de primer ministro no estuvo involucrado en la muerte de ninguno de sus opositores (una descarada mentira totalmente inverosímil que es fácil rebatir si se echa un vistazo rápido a las hemerotecas) y que ahora ha venido para cambiar el sistema desde dentro (Majmalbaf llega a decir explícitamente que si Musavi llega a la presidencia "debilitará el poder de Jamenei").

-Las potencias occidentales no se han mantenido completamente al margen de lo que está ocurriendo en Irán. El Parlamento Europeo hizo un llamamiento a Irán para que investigue las alegaciones de fraude electoral y el parlamento estadounidense condenó la represión contra los manifestantes. En una entrevista concedida a la ABC, el presidente Obama afirmó que lo que estos quieren es justicia y que la manera en que trate el gobierno iraní a los manifestantes pacíficos enviará "una señal muy clara a la comunidad internacional de qué es Irán y qué no es". (Es inevitable pensar en las "señales" que envía Estados Unidos a la comunidad internacional).

-Pero nada pone de manifiesto con mayor crudeza la hipocresía de gran parte de la clase política mundial que las declaraciones del presidente francés Nicolás Sarkozy. El martes, el marido de Carla Bruni tomó claramente partido al denunciar el "fraude" en las elecciones iraníes, afirmó que"la magnitud del fraude es proporcional a la violenta reacción del gobierno" y manifestó su apoyo a un movimiento que "trata de romper sus cadenas". Lo más grotesco del caso es que el presidente de la República Francesa hizo estas declaraciones de apoyo a la democracia mientras rendía honores al dictador gabonés Omar Bongo, durante su funeral en Libreville.

martes, 16 de junio de 2009

La revolución en directo

Han transcurrido tres días desde que se celebraron las elecciones presidenciales iraníes, cientos de miles de partidarios del candidato llamado “reformista” Musavi han salido a protestar a las calles, la represión policial ha dejado ocho muertos y las autoridades iraníes han anunciado un nuevo recuento de votos, que es poco probable que pueda acallar las acusaciones de fraude (muchas de ellas dirigidas no contra Ahmadineyad, sino contra la máxima autoridad iraní, el ayatolá Jamenei).

Numerosos “ciberactivistas” están jaleando desde la comodidad de sus casas la llamada “revolución verde”, mientras son los iraníes quienes se enfrentan a la represión y la violencia de los basijs. Sería interesante analizar ese extraño fenómeno moderno ligado a las “revoluciones de colores”, que consiste en “solidarizarse” con ellas desde los países desarrollados de Europa y Estados Unidos cuando, curiosamente, aquí nadie parece estar dispuesto a levantarse de su sillón por motivos políticos (y no es que falten razones para ello bastante más cercanas). Eso no impide que muchos se apresuren a jalear desde la barrera unas revoluciones lejanas que ni siquiera entienden, lo que en realidad sólo sirve para difundir rumores y hacer un ruido que no hace más que aumentar la confusión. Además, esos “ciberrevolucionarios” de salón son enormemente selectivos: mientras miles de internautas occidentales apoyan la “revolución verde”, ¿cuántos se han movilizado por los indígenas de Perú asesinados recientemente por las fuerzas de Alan García, por poner sólo un ejemplo?


MUSAVI HABLA A UNA MULTITUD DE PARTIDARIOS, AYER EN TEHERÁN.

No creo tener más conocimientos sobre Irán que muchos de esos “ciberrevolucionarios”, pero considero que no es el momento de tomar partido, sino de observar los acontecimientos con cierta distancia y tratar de hacer algo muchísimo más difícil, comprender qué está sucediendo allí.

La primera acusación de pucherazo la lanzó el portavoz de Musavi, el cineasta radicado en París Mohsen Makhbalbaf, quien dijo que pocas horas después de las elecciones el Ministerio del Interior había llamado a la sede de campaña de Musavi para informar de que había ganado las elecciones y que debía preparar la declaración de victoria. Sin embargo, a medida que avanzaba el recuento, Ahmadineyad iba remontando posiciones hasta darse la curiosa situación de que ambos candidatos se proclamaran vencedores. Los resultados finales fueron divulgados al día siguiente: con una participación record del 85 % de electores, Mahmud Ahmadineyad había ganado las elecciones con un 64 % de los votos frente al 32 % obtenido por Mir Hossein Musavi. El ayatolá Jamenei dio por válidos los resultados: la victoria de Ahmadineyad ya era oficial.

Desde el momento en que Makhbalbaf lanzó las acusaciones de fraude, crecerían como una bola de nieve y en muy poco tiempo pasó a considerarse un hecho demostrado que Ahmadineyad, el candidato favorito de Jamenei, había robado las elecciones, probablemente con la ayuda del ayatolá. Un día después de las elecciones, Juan Cole, un reputado experto en Oriente Medio e Irán, publicó un post en su blog en el que ofrecía las principales “pruebas” de que las elecciones habían sido robadas y señalaba con el dedo directamente al líder supremo Jameneí.

Unos indicios son más convincentes que otros y algunos de ellos ya han sido rebatidos por otros analistas. La primera “prueba” de fraude que menciona Cole es que Ahmadineyad ganara con el 57 % de los votos en la ciudad de Musavi, Tabriz, de mayoría azerí como el propio Musavi. Sin embargo, según una encuesta realizada un mes antes de las elecciones por las organizaciones estadounidenses Terror Free Tomorrow y New American Foundation, a Ahmadineyad le apoyaban el doble de azeríes (un 31 %) que a Musavi (un 16 %). Además, como señala un artículo publicado en Politico, dedicado a refutar las acusaciones de fraude, Ahmadineyad habla azerí con fluidez tras haber sido gobernador durante sus ocho años de dos provincias de mayoría azerí. El sábado, Robert Fisk nos contaba desde Teherán que “un viejo amigo suyo” que “no le había mentido nunca” le decía que los resultados eran correctos y que no era sorprendente el triunfo de Ahmadineyad en Tabriz, dónde creó cursos y títulos universitarios en lengua azerí. Tampoco hay que olvidar que el mismo ayatolá Jamenei (el “padrino” del actual presidente) es azerí.

Cole también afirma que es poco creíble que Ahmadineyad haya ganado en Teherán. Sin embargo, éste ganó en las elecciones de 2005 en la capital y fue alcalde de la ciudad entre 2003 y 2005. Cuando le señalé este hecho en los comentarios de su blog, Cole añadió una frase en el post que dice: “Se cree ampliamente que Ahmadineyad sólo consiguió la victoria en Teherán en 2005 porque los sectores reformistas estaban desmotivados y se quedaron en casa en lugar de ir a votar”.

Independientemente del valor explicativo que se quiera conceder a esta frase, Juan Cole parece olvidar los multitudinarios mítines de Ahmadineyad en Teherán durante la campaña electoral. De hecho, pocos días antes de las elecciones, el presidente se vio obligado a no comparecer en uno de ellos porque se habían congregado tantos partidarios suyos que los guardaespaldas le avisaron de que no podían garantizar su seguridad.

PARTIDARIOS DE AHMADINEYAD EL ÚTIMO DÍA DE CAMPAÑA.

Otro supuesto en el que se basan quienes sostienen la teoría del fraude la elevada participación electoral. Los autores del artículo publicado en Politico ya mencionado afirman que ese argumento se basa únicamente en conjeturas. En cualquier caso, sería igualmente razonable especular que la alta participación beneficia a Ahmadineyad, que quizá tenga más seguidores entre las clases humildes, más numerosas que las clases medias y altas que apoyarían a Musavi.

Frente a los análisis que presentan el enfrentamiento entre Musavi y Ahmadineyad en términos “culturales” como una oposición entre “reformistas” y “conservadores”, otros consideran que la auténtica división es una división de clases. Y es que durante la campaña, Musavi se ha mostrado partidario de políticas económicas más neoliberales que las de su contrincante.

En cualquier caso, es muy probable que una información bastante sesgada de la campaña electoral por parte de los medios de comunicación internacionales explique la sorpresa que ha causado fuera de Irán el triunfo de Ahmadineyad, y la razón de que haya tanta gente predispuesta a creer unas acusaciones de fraude que, por muy razonables que suenen, todavía no ha demostrado nadie fehacientemente. Como señalaba el sábado el iraní Abbas Barzegar en The Guardian, la campaña de Musavi ha recibido una atención muchísimo mayor que la de Ahmadineyad en los medios de comunicación no iraníes y se ha sobredimensionado enormemente su popularidad. Lo mismo está sucediendo ahora: las manifestaciones en apoyo a Musavi están recibiendo una atención mediática mucho mayor que las de apoyo a Ahmadineyad.

Haya habido fraude electoral o no, lo que es más que evidente es que Ahmadineyad tenía muchísimas posibilidades de ganar, y probablemente más que Musavi. Ken Ballen y Peter Doherty, los principales responsables de la encuesta antes mencionada (ver, en pdf), publicaron el lunes un artículo en el Washington Post en el que argumentaban que es perfectamente posible que el resultado electoral refleje la voluntad popular iraní. Según la encuesta, realizada un mes antes de las elecciones, el número de iraníes que tenía la intención de votar a Ahmadineyad (un 34 % de los encuestados) duplicaba al de los que tenían previsto votar a Musavi (un 14 %). Un 27 % de encuestados no sabía aún a quién iba a votar; si se extrapola ese número a los porcentajes de cada candidato, el resultado es muy similar a los votos emitidos finalmente en las elecciones.

RESULTADOS DE LA ENCUESTA.

El artículo contiene otros apuntes enormemente interesantes. La gran mayoría de los encuestados se manifestaron a favor de un sistema más democrático y de normalizar las relaciones y el comercio con Estados Unidos. Los iraníes, según dicen Ballen y Doherty, consideran que esas aspiraciones son coherentes con su apoyo a Ahmadineyad, aunque “no desean que continúe sus políticas conservadoras. Antes bien, aparentemente los iraníes consideran a Ahmadineyad su negociador más duro, la persona mejor posicionada para llegar a un acuerdo más favorable para ellos; cómo un Nixon persa viajando a China”.

El hecho de que muchos iraníes consideren compatible apoyar a Ahmadineyad y las reformas democráticas, sin duda chocará a muchos occidentales que han creído a pies juntillas, sin ningún matiz, el reparto de papeles que otorga a Musavi el personaje “bueno reformista” y a Ahmadineyad el de “malo ultraconservador”. Es cierto que el tono de Musavi en asuntos internacionales suena más conciliador que el de Ahmadineyad y que ha prometido relajar el férreo control estatal sobre algunos de los aspectos de la vida de los iraníes u otorgar un mayor protagonismo público a las mujeres, pero no hay que olvidar que es, ante todo, un hombre del régimen, en cuya consolidación tuvo un papel protagonista como primer ministro entre los años 1981 y 1989, los años más duros del mandato del ayatolá Jomeini. Tiene algo de excéntrico que medio Occidente esté aclamando como un adalid de la democracia al hombre que en 1981 inició una persecución encarnizada contra las facciones de la izquierda que habían contribuido al triunfo de la revolución islámica.

Quizá lo que estamos presenciando en Irán sea en realidad el pulso de poder entre dos fuertes personalidades de la vida pública iraní: el despiadado ex-presidente (1989-1997) Akbar Hashemi Rafsanjani en el bando de Musavi y el del ayatolá Jamenei en el de Ahmadineyad. “Rafsanjani no ha mantenido en secreto su opinión de que las políticas exterior y económica aplicadas en los últimos cuatro años siguiendo las directrices de Jamenei han perjudicado gravemente a la República Islámica. […] En una airada carta acusaba a Jamenei de no honrar la dignidad nacional. En un desafío sin precedentes a la autoridad de Jameneí, insinuaba que el Líder Supremo, que normalmente no es objeto de críticas, era negligente, parcial y posiblemente estaba involucrado en un complot para robar las elecciones”, escribía ayer Simon Tisdall en The Guardian.

Sea como fuere, todo parece indicar que las protestas han tomado un impulso propio cuyo desenlace es totalmente imprevisible, entre otras cosas porque, más allá del supuesto fraude electoral, es imposible saber qué es lo que realmente quieren los manifestantes. ¿Más libertades? ¿Cambiar el sistema político? Uno intuye, en cualquier caso, que los manifestantes pro Musavi no son un grupo ni mucho menos homogéneo y que se están expresando innumerables reivindicaciones, algunas de ellas incluso contradictorias entre sí.

En el año 1978, el filósofo francés Michel Foucault
viajó a Irán en dos ocasiones desencantado por el fracaso del proyecto ilustrado en Europa. El autor de Vigilar y castigar publicó en la revista francesa Le Nouvel Observateur un famoso artículo titulado “¿Con qué sueñan los iraníes?”, en el que exponía su fascinación por la revolución iraní, en la que vio el “movimiento que permitiría introducir en la vida política una dimensión espiritual”, y hacía diagnósticos tan atinados como éste: “Un hecho debe quedar claro: por ‘Gobierno islámico’ nadie en Irán entiende un régimen político en el que el clero juegue un papel de gobierno o control”. Uno sospecha que en su intento de interpretar los sueños del pueblo iraní, Foucault proyectó los suyos propios. ¿Cuántos de nosotros en Occidente no estaremos viendo ahora en la “revolución verde” nada más que aquello que deseamos ver?

jueves, 5 de febrero de 2009

Hemeroteca: El "muro de hierro" israelí

"Hay que hacer que los palestinos comprendan hasta en los recovecos más ocultos de su conciencia que son un pueblo derrotado."
Moshe Yaalon, jefe del Estado Mayor israelí, en 2002.

Tres semanas después del final de la operación Plomo Fundido, en la que Israel masacró a 1.300 palestinos, Israel y Hamas todavía no han conseguido llegar a un acuerdo para firmar un alto el fuego permanente. Dejando aparte la siempre espinosa cuestión de los detalles, es difícil que dos partes lleguen a un acuerdo consistente y duradero cuando una de ellas se niega rotundamente a reconocer a la otra como un interlocutor legítimo; algo que ha dejado más que claro en repetidas ocasiones la ministra israelí de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, quien ha llegado a hacer declaraciones como "ésta es una guerra que no puede finalizar con un tratado de paz".

TZIPI LIVNI Y EHUD OLMERT, EN LA REUNIÓN SEMANAL DEL GABINETE DE MISNISTROS, EL PASADO 1 DE FEBRERO.

Israel utiliza la justificación habitual de que no es posible negociar con una organización terrorista, pues ello sólo serviría para "legitimarla", postura cuya hipocresía ya denuncié aquí hace unas semanas. Además, la narración oficial de los hechos, ésa que la inmensa mayoría de los medios repite sin poner jamás en duda, responsabiliza invariablemente a Hamas del inicio de la violencia y le culpa de no cumplir los acuerdos que firma y de negarse a buscar una solución pacífica al conflicto. Según esta narración, Israel "no tuvo más remedio" que lanzar la operación Plomo Fundido para defenderse del intolerable bombardeo de los cohetes de Hamas, que supuestamente fue quien rompió el alto el fuego acordado por ambas partes en julio de 2008.

Pero esta versión de la historia es completamente falsa, como señalaba recientemente Henry Siegman en un excelente artículo publicado en London Review Books. La realidad es que Israel no sólo rompió el alto el fuego pactado con Hamas, sino que nunca llegó a respetarlo por completo, ya que no levantó en ningún momento el criminal bloqueo que mantiene sobre la Franja de Gaza desde que Hamas llegó al poder y se negó a prolongar el alto el fuego antes de que también declarara su negativa a hacerlo Hamas, un alto el fuego que, como llegó a reconocer la misma Livni, para Israel nunca fue más que un periodo de calma temporal.

Norman Finkelstein analizaba hace poco los motivos del ataque israelí contra Gaza en un artículo publicado en CounterPunch. Israel tenía fundamentalmente dos objetivos: restaurar su "capacidad disuasoria", muy mermada tras el fracaso de la guerra del Líbano de 2006, y eliminar la amenaza que supone lo que Finkelstein denominaba la "ofensiva de paz" palestina. El auténtico desafío que Hamas plantea a Israel no consiste en su presunto carácter de "organización terrorista", sino en su disposición a negociar en igualdad de condiciones y sin cederlo todo al adversario antes de hacerlo. Un desafío que, por supuesto, no presenta la ANP liderada por el títere "moderado" Mahmud Abbas. En ese sentido, la operación Plomo Fundido ha sido un fracaso absoluto, puesto que no ha hecho sino fortalecer a Hamas y desacreditar todavía más a Fatah.

Esta estrategia israelí, que consiste en negarse a negociar con un rival al que no haya derrotado antes militarmente (incluso si ese rival se había mostrado dispuesto al diálogo antes de que se produjera ninguna escalada bélica), no es ni muchísimo menos nueva. Israel la ha seguido constantemente desde antes incluso de su fundación, como cuenta el historiador israelí y catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford Avi Shlaim en su libro The Iron Wall, una lectura imprescindible para comprender las relaciones entre israelíes y árabes desde el nacimiento del Estado de Israel en 1948.

VLADIMIR JABOTINSKY.

Es la famosa doctrina del "muro de hierro", que expuso por primera vez en 1923 el líder del revisonismo sionista, y padre espiritual del partido ultraderechista Herut (que después daría lugar al actual Likud), Vladimir Jabotinsky, en su célebre artículo del mismo nombre. Es un artículo enormemente esclarecedor que, más de ochenta años después de su publicación, todavía explica en gran medida la mentalidad, las políticas y los fracasos del Estado de Israel con respecto a la llamada "cuestión árabe". A continuación, ofrezco algunos fragmentos especialmente significativos de mi traducción a partir de la versión en inglés (Jabotinsky escribió y publicó por primera vez el artículo en ruso). La traducción íntegra del artículo se puede leer aquí.
De este modo, llegamos a la conclusión de que no podemos prometer nada a los árabes de la Tierra de Israel o de los países árabes. Su consentimiento voluntario es imposible. Por eso, aquéllos que sostienen que un acuerdo con los nativos es una condición esencial del sionismo pueden decir “no” ahora mismo y renunciar a él. O se pone fin a la colonización sionista, incluso a la más restringida, o ha de llevarse a cabo en contra de la voluntad de la población local. Por lo tanto, dicha colonización únicamente puede continuar y desarrollarse bajo la protección de una fuerza independiente de la población local: un muro de hierro que la población nativa no pueda atravesar. Ésta es, en conjunto, nuestra política con los árabes. Formularla de cualquier otra manera no sería más que hipocresía.

[...]

Dos breves comentarios: en primer lugar, si alguien objeta que este punto de vista es inmoral, le contestaré que eso no es cierto. O bien el sionismo es moral y es justo, o bien es inmoral e injusto. Pero esa es una cuestión que debíamos haber resuelto antes de hacernos sionistas. De hecho, es una cuestión que ya hemos resuelto, y lo hemos hecho en sentido afirmativo.

Sostenemos que el sionismo es moral y es justo. Y puesto que es moral y justo, debe prevalecer la justicia; no importa si Joseph, Simon, Ivan o Ahmed están de acuerdo con ello o no. No hay otra moral.

Todo esto no significa que cualquier tipo de acuerdo sea imposible, sino que sólo es imposible un acuerdo voluntario. Mientras exista una brizna de esperanza de que pueden librarse de nosotros, no renunciarán a ella. No a cambio de ningún tipo de palabras dulces o bocados jugosos, porque no son una chusma sino una nación, quizás un poco andrajosa pero aún así viva. Un pueblo vivo hace unas concesiones tan enormes sobre cuestiones tan determinantes sólo cuando no le queda ninguna esperanza. Únicamente cuando no haya una sola fisura visible en el muro de hierro perderán su poder los grupos extremistas y la influencia pasará a manos de los moderados. Sólo entonces vendrán a nosotros esos grupos moderados con propuestas de concesiones mutuas. Y sólo entonces ofrecerán los moderados sugerencias para alcanzar compromisos en cuestiones prácticas como una garantía contra la expulsión o la igualdad y autonomía nacional.

Tengo la esperanza de que los árabes realmente recibirán garantías satisfactorias y de que ambos pueblos pueden vivir en paz como buenos vecinos. Pero el único camino hacia ese acuerdo es el muro de hierro, es decir, el fortalecimiento en Palestina de una gobierno sin ningún tipo de influencia árabe, un gobierno contra el que los árabes van a luchar. En otras palabras: para nosotros, el único camino para alcanzar un acuerdo en el futuro consiste en rechazar totalmente cualquier intento de llegar a un acuerdo en el presente.

martes, 27 de enero de 2009

El PSOE y la industria armamentística española

La pregunta que un traductor granadino le planteó ayer al presidente Zapatero sobre la exportación española de armas a países que, como Israel, Colombia o Tailandia, se encuentran en conflicto o en los que se violan sistemáticamente los derechos humanos puso al decubierto la hipocresia del gobierno socialista y la enorme distancia que separa sus palabras de sus actos. La respuesta que dio para defender la venta de armas a Israel fue la de alguien que no tiene la conciencia muy tranquila al respecto, aduciendo que la cantidad es "insignificante", con lo que admitió implícitamente que la venta en sí no es enteramente legítima.



El compañero Abenyusuf ha escrito un excelente post, cuya lectura recomiendo encarecidamente, sobre la vergonzosa respuesta de Zapatero, en el que además recopila varios artículos sobre las exportaciones de armamento español. A lo dicho por Abenyusuf hay que añadir un aspecto de la respuesta de Zapatero que parece haber pasado inadvertido.

En un momento determinado, Zapatero se defiende aduciendo que su gobierno ha sido pionero y líder "en eliminar las bombas de racimo", pero ésa es una afirmación que es preciso matizar. Es cierto que España es uno de los 109 países que firmaron el pasado 28 de mayo un tratado que prohíbe el uso, fabricación y almacenamiento de este tipo de armas, pero hay que recordar que España presentó una enmienda (ver, en .pdf, aquí) para que no se incluyeran en el tratado los modelos de bombas de racimo que estuvieran equipados con mecanismos de desactivación y autodestrucción; es decir, los modelos que se fabricaban en España (tal y como señalaron entonces en la página web de la campaña). Además, España respaldó otra propuesta de enmienda presentada por Alemania (ver, en pdf, aquí) para que el tratado permitiera a los países firmantes participar con países no firmantes en operaciones conjuntas en las que se usaran bombas de racimo. Finalmente, ambas enmiendas fueron rechazadas.

Algunos días después, la secretaria de Relaciones Internacionales del PSOE, Elena Valenciano, publicó en El País un artículo en el que celebraba el tratado y proclamaba que "a pesar de algunas reticencias, finalmente, lo hemos logrado" y después afirmaba que "no hay bombas buenas y bombas malas. Todas son armas diseñadas para matar y no distinguen entre civiles y soldados, entre hombres o niños." La señora Valenciano se olvidaba de mencionar que las reticencias procedían de la propia delegación española, que, como muestra su propuesta de enmienda, debe pensar que unas bombas son más malas que otras.

Un asesor de la señora Valenciano que puso en marcha una campaña en la blogosfera contra las bombas de racimo dijo ayer en su blog: "El comercio de armas no lo realiza el gobierno sino empresas privadas. ¿Somos conscientes de ello verdad?" No nos engañemos: son las empresas las que llevan a cabo las ventas de armas, pero es la responsabilidad del gobierno controlar y autorizar las exportaciones para que no lleguen armas españoles a países a países en conflicto, donde se violen los derechos humanos o que estén sometidos a embargos internacionales. Visto el papel que jugó España en la Conferencia de Dublín, todo parece indicar que las relaciones entre las empresas armamentísticas y el gobierno español son más estrechas de lo que sería deseable.

lunes, 26 de enero de 2009

La guerra de Obama

Cuando Obama mencionó Afganistán en su vulgar y aburrido discurso de investidura, declaró que el objetivo a partir de ahora consistirá en "forjar una merecida paz" en el país centroasiático y evitó la palabra victoria, que es la que ha usado durante toda su campaña electoral. Una vez que ha llegado al poder, Obama trata de construir un discurso propio para distanciarse lo más posible de la administración Bush. Por ejemplo, ahora que hasta el secretario de Asuntos Exteriores británico, David Miliband, ha desacreditado de una manera bastante oportunista la idea de la "guerra contra el terrorismo", Obama procura no pronunciar demasiado la frase.

Sin embargo, como en tantos otros asuntos, es probable que la llegada de Obama no venga acompañada de un cambio realmente significativo a la política de Estados Unidos en Afganistán y Pakistán. En la página web de la Casa Blanca se anuncia que "Obama y Biden van a redirigir los recursos estadounidenses a la lucha contra las mayores amenazas a nuestra seguridad: el resurgimiento de Al-Qaeda y los talibán en Afganistán y Pakistán". A diferencia de lo que sucede con la guerra de Iraq, ni Obama ni el Partido Demócrata de Estados Unidos han puesto nunca en duda la de Afganistán y se la han apropiado en gran medida.

PROTESTAS CONTRA EL ASESINATO DE CIVILES EN MEHTARLAM, AFGANISTÁN.

Prácticamente desde el momento en que ganó las elecciones, Obama y su equipo ya anunciaron que iban a estudiar un cambio estratégico en Afganistán, que consistiría el consabido aumento de tropas, en un enfoque regional del conflicto (con posibles conversaciones con Irán), el fomento del diálogo entre el gobierno afgano y los "talibán moderados" (una expresión que hasta hace bien poco habría sido considerada como un inaceptable y absurdo oxímoron) y la reactivación de la caza de Osama Bin Laden (una empresa en la que, como señaló el sabio Juan Cole, el triunfo es poco probable, no compensa el esfuerzo y proporciona una enorme publicidad a una Al-Qaeda que ha perdido gran parte de la importancia que tenía en el pasado). Éstos son, a grandes rasgos, los cambios que Obama estaba estudiando en noviembre, cuando el fracaso de Estados Unidos y sus aliados en Afganistán era público y notorio.

Dos meses después, y con el nuevo presidente ya en el Despacho Oval, la situación sobre el terreno no ha hecho sino empeorar: los talibán y otros grupos insurgentes son más fuertes que nunca, ya dominan el sur del país y los más de 800 kilómetros de frontera con Afganistán y controlan la mayor parte de la producción de opio.

La elección de Obama el pasado 4 de noviembre coincidió con el enésimo bombardeo de las tropas estadounidenses a una boda en la que murieron decenas de civiles, entre ellos varios niños. El pasado viernes, tres días después de que Obama asumiera el cargo, el ejército estadounidense mató a 15 supuestos talibán en la provincia oriental de Langhman; sin embargo, los funcionarios del gobierno en el lugar afirman que todos los muertos eran civiles inocentes. Un día después, miles de afganos salieron a la calle para protestar contra esa matanza. Fuentes del ejército estadounidense sostienen que el pasado 7 de enero mataron a 32 talibán en una operación llevada a cabo en la misma provincia, pero algunos heridos durante la operación cuantan otra historia desde el hospital: que un grupo de comandos estadounidenses irrumpió en varias casas de la localidad de Masamut en busca de insurgentes y mató a 13 civiles e hirió a nueve.

Matanzas como estas son frecuentes en Afganistán, donde sólo en 2007 murieron 4.000 civiles. Lógicamente, el apoyo popular a las fuerzas de ocupación de Estados Unidos y la OTAN, y al corrupto gobierno de Hamid Karzai, es casi inexistente y cada vez hay más afganos que aceptan el gobierno de los talibán como algo inevitable que, al menos, les proporciona una seguridad que ninguna otra fuerza en el país es capaz de darles.

Obama ha recibido un informe pesimista tras otro, pero sin duda el más importante es el elaborado por la propia administración Bush, en el que se da la razón a los demócratas y se recomienda una revisión de la estrategia republicana de los últimos ocho años en Afganistán y Pakistán, haciendo hincapie en tres puntos fundamentales: debe aumentarse la ayuda civil y replantearse la militar a Pakistán, establecer mayores mecanismo de control y condicionarla a que el ejército pakistaní demuestre efectivamente que la dedica a combatir la insurgencia de las provincias fronterizas con Afganistán; se aboga por una estrategia regional; y se recomienda darle mayor importancia a la ayuda al desarrollo y la diplomacia. Curiosamente, la administración Bush se despide reconociendo que estaba equivocada en su estrategia en Afganistán y proponiendo la misma reorientación que los demócratas llevan proponiendo desde hace años.

Sin embargo, la nueva administración estadounidense no ha revelado todavía sus planes en Afganistán con detalle. Lo único que está claro por ahora es que el Pentágono planea enviar hasta 30.000 soldados, que se sumaran a las 32.000 tropas estadounidenses (y aproximadamente otras tantas de la OTAN) ya desplegadas allí. Es de esperar que Obama pida a los socios de la OTAN que envíen más tropas, pero algunos, como Francia, ya han anunciado su negativa a hacerlo. Por el momento, según el Washington Post, el objetivo inmediato del aumento de tropas es ganar tiempo para estudiar y reconsiderar la guerra y desarrollar una nueva estrategia en lo que Obama ha calificado "el principal frente contra el terrorismo".

PROTESTAS CONTRA EL BOMBARDEO ESTADOUNIDENSE, EL 25 DE ENERO EN KARACHI.

En el ámbito diplomático, Obama ha nombrado enviado especial a Afganistán y Pakistán a Richard Holbrooke, un hombre muy crítico con el gobierno de Hamid Karzai, que cada vez tiene menos apoyos tanto en Estados Unidos como en la comunidad internacional, por su ineficacia, debilidad política, su corrupción (el hermano del presidente, Ahmed Wali Karzai, ha sido acusado en repetidas ocasiones de ser uno de los mayores traficantes de opio del país) y por su oposición al incremento de tropas. Hasta ahora, no se había encontrado una alternativa viable a Karzai, pero cuatro rivales políticos viajaron recientemente a Washington, donde se reunieron con Obama, y se habla de que podrían unirse para formar una coalición que represente a diferentes grupos étnicos y arrebate el poder a Karzai en las próximas elecciones.

De momento, ya tenemos una pista de lo que significa la "estrategia regional" que preconiza Obama. El nuevo presidente ha ordenado su primer bombardeo en Pakistán contra los talibán: dos aviones no tripulados bombardearon el pasado viernes una localidad de las provincias del noroeste y mataron al menos a 22 personas. Obama lleva defendiendo que Estados Unidos ataque en Pakistán sin permiso de su gobierno desde 2007. La administración Bush empezó a hacerlo el verano pasado y desde entonces ha lanzado 30 ataques que han matado a 220 personas. Como señala Juan Cole hoy en Salon, este ataque contradice las declaraciones que ha hecho Obama de que va a cambiar la estrategia de Bush y a llevar a cabo un enfoque más centrado en la diplomacia, ponen en peligro el frágil gobierno laico del aliado Asaf Ali Zardari, dan fuerza a los partidos fundamentalistas y contribuyen a desestabilizar un país cuyo equilibrio es enormemente precario.